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JOSÉ LUIS CHILAVERT

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Hijo de Catalino y Nicolasa, José Luis Félix Chilavert González nació en Luque, ciudad que alberga la sede de la Confederación Sudamericana de Fútbol y el aeropuerto internacional paraguayo, un 27 de julio de 1965. De chico soñaba con ser delantero, pero el arco lo atrapó y con el buzo de Vélez Sarsfield rompió las fronteras del área para conquistar el mundo. Simplemente José Luis Chilavert.
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Una sugerencia de Veira y la aprobación de su sucesor, Eduardo Luján Manera, hicieron que "Chila" recalara en Liniers tras su experiencia europea. Resistido en un principio, el cacique guaraní se apoderó de la titularidad apuntalado por uno de los hijos pródigos del Club que había regresado para encargarse de la dirección técnica del equipo: Carlos Bianchi.

Hijo de Catalino y Nicolasa, José Luis Félix Chilavert González nació en Luque, ciudad que alberga la sede de la Confederación Sudamericana de Fútbol y el aeropuerto internacional paraguayo, un 27 de julio de 1965.

De chico soñaba con ser delantero, pero un par de revolcones en un picado en el que actuó como arquero lo decidieron a probarse en esa posición en Sportivo Luqueño, entidad en la que debutó con apenas quince años en 1980.

Luego de defender tres temporadas la valla del Luqueño, Chilavert fue cedido a un grande de la nación limítrofe, Guaraní, donde se coronó campeón en 1984.

Seducidas por sus condiciones naturales y su personalidad avasallante, las autoridades de San Lorenzo posaron sus ojos sobre el golero que desembarcó en Buenos Aires para vestir la camiseta azulgrana en 1985. En las filas del Ciclón ratificó la fortaleza de su carácter, se ganó un nombre en el fútbol argentino, conquistó a su esposa Marcela-una profesora de inglés que jugaba al tenis en el club del Bajo Flores- y disputó 117 cotejos hasta que fue transferido al Zaragoza de España.

Una muy comentada novela previa- un frustrado paso a River en una negociación que incluía a Siviski, Goicochea y Gorosito- tal vez hubiera cambiado su destino de gloria y triunfos logrados en Vélez Sarsfield.

La Liga Española fue testigo de su segundo gol como profesional un 28 de enero de 1990 frente a la Real Sociedad. Sin embargo esa anotación quedó salpicada por una distracción al volver a su portería ya que el jugador Goicoechea aprovechó el descuido y  le convirtió un tanto a la salida de la reanudación del juego desde la mitad de la cancha. Su carrera en la entidad ibérica- dos períodos- tuvo altibajos que motivaron su vuelta a la Argentina.

Una sugerencia de Veira y la aprobación de su sucesor, Eduardo Luján Manera, hicieron que "Chila" recalara en Liniers tras su experiencia europea. Resistido en un principio, el cacique guaraní se apoderó de la titularidad apuntalado por uno de los hijos pródigos del Club que había regresado para encargarse de la dirección técnica del equipo: Carlos Bianchi. El dueño del buzo con la imagen de un bulldog se transformó durante ocho años en un referente, un estandarte de nuestra Institución.

La lluviosa tarde del  8 de junio de 1993, el oriundo de la tierra de Roa Bastos,  se metió al fanático velezano en el bolsillo al ajusticiar desde el punto del penal a su colega Marcelo Yorno en la cancha de madera de 1 y 57, en el marco de la igualdad en uno ante Estudiantes y esa conquista, la primera en nuestro país, decretó el segundo título de Vélez en el profesionalismo después de una etapa de esterilidad de 25 años.Aquel cañonazo fue el pistoletazo de largada de una seguidilla de hazañas. Bajo los tres palos su inmensa figura desdeñó y desairó la habitual intrascendencia de un oficio ingrato. El "Paragua" revolucionó y le imprimió un rol estelar a un puesto destinado hasta ese momento solo para los dueños de la pelota o los más boludos. Su temperamento, su impronta avasallante, su manejo del área y de los tiempos, y su precisa y portentosa pegada de pierna izquierda lo elevaron al altar de líder de una formación que transitó en los 90 su década dorada. Su voz y su presencia resultaron positivamente influyentes dentro de un vestuario atiborrado de futbolistas curtidos en cientos de batallas.

Alguna vez uno de sus compañeros expresó persuadido "Sin él no hubiéramos ganado tanto". Víctor Hugo Morales sostenía que era, a su entender, el arquero más determinante en un resultado en la historia del fútbol mundial. Es cierto, ningún guardameta tuvo jamás tanto peso en el desarrollo del juego.

Profesional disciplinado el comandante guaraní dedicaba tiempo extra de los entrenamientos a perfeccionar la técnica de su diminuto pero bendecido pie zurdo.

Inteligente, hábil para los negocios, a sus atributos de elite le adosó un maquillaje de declaraciones rimbombantes, de frases polémicas y de cruces fogosos con adversarios, que eran la comidilla de los medios periodísticos locales e internacionales. Trasgresor como pocos, creó su propia marca y la vendió bien. Chilavert era copyright exclusivo.

El garante del cero le bajaba la persiana a la meta propia, perforaba redes rivales y sumaba festejos. El combo ideal para adentrarse en el corazón del hincha.

Burgos, Navarro Montoya, su antiguo compañero Pablo Cavallero, Pontiroli  y la mayoría de los poteros contemporáneos fueron sometidos a su balacera impiadosa, ávida de victorias.

El 22 de marzo del 96 Chilavert ingresó a la inmortalidad al enviar desde 60 mts un misil teledirigido hacia el arco del Mono Germán Burgos y anotar, en mi subjetivo criterio, el gol más fantástico del siglo de vida fortinero.

Era un extraterrestre, un fuera de serie. En Vélez enhebró cuatro galardones locales y cinco internacionales. Disputó 347 encuentros, recibió 306 goles y anotó 48 tantos, cifra  envidiable para muchos delanteros.

En octubre del 2000, el guardián de los postes velezanos se despidió de nuestra Institución para seguir escribiendo su fábula en el Racing de Estrasburgo donde permaneció un par de temporadas. Retornó al Río de la Plata en el 2003 para, calzado con el buzo de Peñarol, conquistar una estrella local, la última de su brillante trayectoria.

Tuvo tiempo para intercalar epopeyas con el seleccionado de su país. Fue un emblema que alzó bien alto la dignidad albirroja en los mundiales del 98 en Francia y del 02 en Japón-Corea.

Colgó los guantes y le dio descanso a sus manos luego de rubricar un convenio con los directivos de Vélez para jugar  la Copa Libertadores 2004. El romance entre los hinchas y su ídolo continuaba intacto. El living de su casa, el Amalfitani, fue el escenario de su adiós, del punto final para su ciclo profesional. El público que lo amaba, rebosante en el cemento, fue el coreográfico telón de fondo para una despedida emocionante.

José Luis Chilavert guardó las hojas de los casi diez almanaques transcurridos en Vélez y le regaló a su gente el recuerdo perpetuo de sus tapadas y sus voladas, de su dominio del área, de su espíritu ganador, de sus ademanes ampulosos, de sus duelos dialécticos, de sus puños cerrados en los festejos y de su boca llena de gol.

Sospecho que la pobreza de su infancia cinceló, apoyado en herramientas como el sacrificio y el talento, su afán de progreso personal. Durante su dilatada y exitosa trayectoria, el "1" aprendió y enseñó el manual completo del arquero y le agregó un dossier complementario, un postgrado: El gol. Entronizado por los que sufren y gozan al ritmo de la pasión por nuestra camiseta, Chilavert marcó una época y encarnó al crack soñado, al héroe, al muchacho de la película. Dotado con el carisma de los elegidos, Chila defendió los sueños y las ilusiones de una hinchada que se identificaba con él y se enorgullece de sentirlo propio.

Los videos, las páginas escritas y los cánticos inspirados en el ingenio popular harán perdurar eternamente su imagen en el alma del simpatizante.

Todavía, como si el tiempo se hubiese detenido, el hormigón del Amalfitani retumba con el eco de aquel hit inolvidable "Ojala que gane/que gane el fortinero/ojala que gane con gol de Chilavert".

 

El Monstruo, la leyenda, el mito

"El orden de aparición de estos emblemas velezanos no clasifica, ni califica; es azaroso. Desfilaran en sucesivas entregas, directivos, entrenadores y jugadores que marcaron camino y dejaron huellas imborrables".

Este fue el párrafo inicial de la saga, "Pilares de una Institución Centenaria", que comenzó junto con el arranque de este campeonato y que termina el año con este humilde reconocimiento a una bandera velezana insoslayable.

Mentí, amigo lector. Me arrogo el derecho de clasificar y calificar dictatorialmente-yo escribo estas crónicas-. José Luis Chilavert fue el más grande futbolista que disfruté en mis 42 años de vida.

Uno de mis cuartos está tapizado por fotografías del personaje en cuestión. Según mi esposa "Sos un grandote boludo", no me interesa. Dos cajones de mi mobiliario guardan recortes y videos con sus hazañas épicas y su retrato fue cabecera de mi cama en variadas intervenciones quirúrgicas. "No te da vergüenza traer esto a la clínica", insistía mi señora.

Un ídolo es una imagen o un símbolo, material o imaginario, que es objeto de devoción fervorosa. Posee rasgos idealizados o fantásticos que le permiten realizar proezas extraordinarias y positivas. Por consiguiente, la idolatría es la veneración, amor, culto y adoración al ídolo.

Tengo por "Chila" todos estos sentimientos y conductas. No tengo pudor al afirmarlo.

José Luis Félix Chilavert González, nació en Luque, Paraguay, el 27 de julio de 1965.

Debutó en la primera división paraguaya en 1980, con tan solo 15 años defendiendo el arco de Sportivo Luqueño y se consagró campeón integrando el plantel de Guaraní en 1984. Luego de un paso de tres temporadas por San Lorenzo de Almagro fue transferido al Zaragoza de España donde permaneció hasta 1991 tras lo cual fue contratado por Vélez Sarsfield ante la sugerencia de Héctor Veira y el pedido del entonces entrenador Eduardo Lujan Manera.

Rompió con el molde del prototipo de arquero tradicional, agregándole a la lógica función de evitar conquistas rivales, una precisa y potente pegada zurda que le permitió convertir una enorme cantidad de goles.

Vélez se transformó en su casa, lo cobijó y lo albergó entre el 1992 y el 2000 y le regaló una despedida acorde a su grandeza el 15 de noviembre de 2004 en un Amalfitani colmado. Su trayectoria en Liniers comprendió 262 partidos y 48 anotaciones. Resultó fundamental en la magnifica década del 90 logrando los Torneos Clausura 93, 96, 98; el Apertura 95; la Copa Libertadores 94, la Interamericana y la Intercontinental el mismo año; la Supercopa y la Recopa Sudamericana en 1996. Fue distinguido con el premio al mejor guardavalla del mundo en tres oportunidades y recibió el galardón como mejor futbolista de América en 1996. Un monstruo.

Su itinerario fortinero tuvo un inicio dubitativo y se ensució con una equivocación. Aquella noche del 92 frente a Racing, un encuentro clave, se "comió" el gol del Beto Carranza-en la puta vida volvió a hacer uno parecido- que nos marginó de la pelea por el título. No se amilanó, su personalidad avasallante no se lo hubiera permitido.

La cancha de Huracán fue testigo de un hecho que me marcó y que significó la génesis de mi admiración por él. La parcialidad cuerva lo ovacionó al ocupar el arco y paradojalmente la tribuna velezana reclamó la presencia de su suplente, Juan Carlos Docabo. Miré incrédulo a mi cuñado, el "Gordo Rubén", y expresé en voz alta, "Están todos locos". El hincha, los hinchas, somos prejuiciosos y solemos equivocarnos. El hincha remedió ese yerro tributándole  amor sin mesura durante más de una década.

Fue el generador de mis mayores alegrías y satisfacciones dentro de un estadio de fútbol. Su estampa bajo los tres palos me trasmitía una tranquilidad y seguridad que nunca había experimentado. Su porte dentro del área producía el respeto y temor del delantero rival y el agrande de sus compañeros. Poseía el don de la ubicación y el manejo de "su lugar en el mundo" como ningún otro. Ordenaba a sus extraordinarios defensores con sus gritos desenfrenados y así se adelantaba a maniobras peligrosas para su arco. Manejaba los tiempos del partido. Sabía cuando acelerar y cuando frenar los ritmos en el desarrollo de un encuentro. Irritaba a los adversarios con sus demoras y colgaba sobre sus hombros con la presión en circunstancias y coyunturas difíciles. Vendía los partidos en la semana con su verborragia incontinente y descomedida y provocaba que el nombre Vélez estuviera en la tapa de los diarios durante toda la previa. Los árbitros se atemorizaban ante su imponente presencia. Durante su etapa velezana, fue una espina, una cruz, un dengue insoportable para cuervos, gallinas y bosteros. Fue un profesional serio, concentrado, sin distracciones durante los noventa minutos, y un individuo preocupado por la mejora de sus genéticas e indudables condiciones y aptitudes. El primero en llegar y el último en retirarse de los entrenamientos. Alguna vez, Carlos Bianchi, el técnico que le sacó mayor rédito, sostuvo convencido, "Es el mejor profesional que dirigí en mi vida".

La bisagra del Clausura 93, el empate frente a Lanús, fue el trampolín de su crecimiento en popularidad y protagonismo. Junto con el Cabezón Trotta tomaron la lanza y se hicieron dueños de una formación que parecía flaquear. Su influencia y su temple ganador contagiaron a sus compañeros. El 8 de junio del 93, parió la leyenda. Su primer gol en la Argentina coincidió con el segundo título de Vélez en el profesionalismo. Una ilusión postergada veinticinco años se hacia realidad. Y esa semilla, plantada esa tarde fría y lluviosa en cancha de Estudiantes germinó. Y sus brotes provocaron la fascinación y el éxtasis de los aficionados velezanos y la insana envidia de nuestros adversarios.

Y Bianchi, generoso y conocedor de sus virtudes, le brindó la posibilidad, el escenario y los actores adecuados para que asumiera un rol estelar. Y "El Paragua" no lo decepcionó. Y cruzó la cancha para someter con un tiro libre majestuoso a Pontiroli, desatar la locura y transformarlo en héroe. Y lo sufrió dos veces el Mono Navarro Montoya en esa velada mágica e inolvidable del 5 a 1. Y ejecutó el gol más maravilloso que presencié como espectador en una cancha de futbol, aquel que le convirtió a Burgos, bajo la garúa incesante, desde casi 60 mts,- recuerdo que con la pelota en el aire exclamé asombrado un, "Que hi-jo-de-pu-ta", silabeado y entrecortado mientras el balón volaba hacia un destino irremediable, el fondo de la red y los miles de fortineros ubicados en la popular extendieron hasta el infinito el grito de gol-. Y le metió tres a Ferro. Estas y otras muchas epopeyas conseguidas a través de  su prodigioso y pequeño pie izquierdo no difuman su tolerancia al dolor-ha jugado desgarrado- y sus memorables atajadas-el vuelo ante un zurdazo de tiro libre de Maradona es una postal inolvidable-. Todos los equipos de primera división lo padecieron. Y generó duelos imborrables con futbolistas e hinchadas antagonistas. Fue un grande, el más grande. Determinante y decisivo desde su posición en la cancha como ninguno.

Un ídolo que me hizo dejar de lado el chauvinismo y gritar con el alma un gol que con la rojiblanca le clavó a la Selección Argentina; "Estas loco y enfermo", sugirió mi mujer. El que me hizo transpirar como testigo falso durante la heroica resistencia paraguaya ante los franceses en el Mundial del 98. Confieso, que muchas veces iba a la cancha solo para verlo, para esperar que la tocara e inventara algo distinto, diferente.

Nunca falló en las instancias críticas y cruciales. ¿Cometió errores? Los ídolos no se equivocan y siempre busqué justificaciones o excusas convincentes para explicar cada uno de ellos.

"El fútbol es como la guerra, es competencia, rivalidad. Utiliza sus elementos de coartada como la defensa, el ataque, la táctica, la estrategia y les agrega plasticidad y belleza", sentenció el prestigioso escritor peruano Cueto Caballero en su visita a nuestra Institución. Chilavert, secundado por notables soldados, fue el comandante en las gloriosas batallas que empacharon de victorias y éxitos al famélico aficionado velezano, que infectado por su espíritu triunfador, se adueño de su apellido como estandarte bélico en todos los estadios del país. El grito guerrero, "Chilavert, Chilavert", que atronaba en todos los escenarios, fue y es, sinónimo de Vélez. Fue amado y venerado por nosotros, y odiado y repudiado por los simpatizantes del resto de los clubes; sin matices. En la intimidad, sin embargo, la mayoría de estos admitían su fascinación genuina por el gigante arquero fortinero.

José Luis Chilavert, talento, genio, figura. Icono ligado, amurado y bordado con letras de oro al siglo de rica historia velezana.

 

Gabriel Martínez