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Simplemente “EL DUQUE”

Por muchas causas Ferraro fue un ídolo inolvidable en Vélez Sarsfield, pero lo que más lo sobrevivirá, será el recuerdo de su natural elegancia, de la manera incomparable con que paraba la pelota en el aire, la precisión y fuerza de sus cabezazos, la justeza y puntería de sus remates, su ubicación siempre conveniente en la cancha y esa lujosa aristocracia de su accionar, frente a los defensores más recios y vehementes que le tocó enfrentar.

Quienes tuvimos la dicha de verlo jugar podemos afirmarlo: JUAN JOSE FERRARO fue uno de los jugadores más técnicos de los muchos que pasaron por el fútbol argentino, pero sin duda alguna sobresalió nítidamente por la exquisita elegancia de sus desplazamientos.

Quienes tuvimos la dicha de verlo jugar podemos afirmarlo, y aquellos que no la tuvieron deben saberlo: JUAN JOSE FERRARO fue uno de los jugadores más técnicos de los muchos que pasaron por el fútbol argentino, pero sin duda alguna sobresalió nítidamente por la exquisita elegancia de sus desplazamientos. Tenía del fútbol el sentimiento romántico de un poeta y la nobleza característica de un mosquetero.

 

Surgido de las divisiones inferiores, a muy temprana edad integró el equipo que el día 11 de Abril de 1943 enfrentó a la primera división del C. A. River Plate, en la inauguración de la cancha de Barragán y Gaona (actualmente estadio José Amalfitani), y le cupo el honor de marcar el primer gol a los tres minutos de juego. Ese mismo año conquistaríamos el Campeonato de Ascenso para retornar a Primera División, y él fue su goleador máximo.

 

Jugó en la selección nacional en un puesto donde competía con jugadores como Pontoni, Rubén Bravo, Distéfano, Sarlanga, Pedernera y otros, pero su insuperable capacidad lo hacía prevalecer y los seleccionadores lo contaban entre los integrantes indiscutidos del plantel.

 

La regularidad de sus brillantes actuaciones llegó a convertirse en una obsesión para los dirigentes del C, A, Boca Juniors, que durante seis años insistieron tercamente en lograr su contratación, la que al fin concretaron en el año 1949,  previo pago de la escalofriante suma de 500.000.-- pesos. ¡Si, leemos bien!, medio millón de pesos que en ese entonces representaba una cifra inalcanzable con la cual se podía adquirir un equipo íntegro,  pero que Don Pepe conforme con su vieja costumbre transformó en ladrillos y cemento.

 

Su paso por el club de la Ribera no tuvo la trascendencia que se esperaba, y ello puede atribuirse a diversos factores; uno de ellos es que Ferraro era uno de los jugadores mejor pagos del plantel lo que le valió la envidia y ciertos enfrentamientos con sus compañeros, (esto es lo que actualmente se denomina “grupo humano” y que nosotros los viejos llamábamos “camarilla”) el otro obstáculo, -y esta vez insalvable- era que Boca no contaba con un equipo como el de Vélez, equilibrado en todas sus líneas y en el cual nuestro crack tuvo una gravitación decisiva.

 

Pero ese episodio, aunque importante, no dejaba de ser nada más que eso ¡un episodio!

El mejor pasaje de la hermosa leyenda futbolística que fue la vida de Ferraro, sucedió justamente cuando retornó al Club en el año 1953 con su pase en blanco y volvió a vestir la casaca de la V azulada.  

 

Ese equipo del 53, -a mi juicio el más parejo de nuestra historia, ya que reunía en sus líneas jugadores cuya categoría los hacía sobresalir en sus respectivos puestos, amalgamando la sobriedad de los más experimentados con el ímpetu y la atrevida calidad de los más jóvenes, lo tuvo a Ferraro como el principal conductor, pues a sus bondades futbolísticas conocidas, le agregó una madurez y una autoridad aceptada é indiscutida.

 

Por muchas causas Ferraro fue un ídolo inolvidable en Vélez Sarsfield, pero lo que más lo sobrevivirá, será el recuerdo de su natural elegancia, de la manera incomparable con que paraba la pelota en el aire, la precisión y fuerza de sus cabezazos, la justeza y puntería de sus remates, su ubicación siempre conveniente en la cancha y esa lujosa aristocracia de su accionar, frente a los defensores más recios y vehementes que le tocó enfrentar.

 

Por lo general es en la adolescencia donde el ser humano en una indefinida etapa de sentimientos é ideas, empieza a considerar sus futuras opciones de vida, y, entre otras cosas, elige lo que entiende es el paradigma de sus sueños ó ambiciones. En el año 1943,  a la edad 14, todos mis amigos y yo queríamos tener la pinta de Gardel, un caballo como el del “Llanero Solitario”, una novia como Ginger Rogers, vestirnos a lo Divito para ir a bailar con Pugliese y muchas otras cosas más, pero lo que más ansiábamos era jugar como Ferraro. No me da vergüenza decirlo, a riesgo de que ello pueda despertar alguna sospecha sobre mi masculinidad: ¡¡Estaba enamorado de Ferraro!!

 

Cuando alguien se destaca en cualquier actividad por su prestancia, habilidad y eficiencia, se suele decir que actúa como “un duque”. Justamente por todo eso, FERRARO fue en el fútbol, no ya de Vélez Sarsfield sino de todo el país “EL DUQUE”.

 

Un doloroso 18 de Noviembre de 1973 nos dejó para siempre, legándonos el recuerdo de su magia, esa magia que por la naturalidad con que él la practicaba parecía fácil de realizar, pero que nadie pudo repetir. ¡Hermano querido, el milagro de la evocación hace que cierre mis ojos y te vea jugando nuevamente con una “Superval” color naranja cuando ya no estás, a través de un alambrado que tampoco está, practicando el arte de tu fútbol que no volverá, y vuelvo a ser el pibe que ya no soy ni volveré a ser!.

 

Osvaldo Gorga.